lunes 23 de enero de 2012

Tulio Elí Chinchilla - Ellington aristocrático



Tanto en lo mundano (la buena mesa, el buen vino), como en lo intelectual: la elaborada configuración de sus concepciones y expresiones y, sobre todo, la fina exquisitez al componer primorosas piezas de jazz, ejecutarlas al piano y arreglarlas para la big band que lo acompañaba.

Cuando hace cuarenta años, un veintinueve de noviembre, Ellington actuó en Bogotá, cierta hosquedad hacia la prensa de farándula lo hizo ver un poco antipático. Algo natural en quien ya en 1968 había consignado en su diario: “Tan pronto arribamos al hotel nos están esperando los periodistas. Son las nueve y media de la mañana y no hemos dormido. Por fortuna, las preguntas no abruman severamente mi capital intelectual” (citado por El Malpensante, Nº 104, diciembre-enero de 2010).

En sus memorias —ingeniosa pieza literaria titulada La música es mi amante— recuerda el consejo de su maestra de la escuela segregada: la pertenencia a una minoría étnico-cultural desventajada hace imperativo ser el mejor, el más elegante, el más culto, el “mejor hablado”, el más disciplinado. ‘Duke’ Ellington actuó como si su ancestro africano, unido a su propia valía, le otorgaran el derecho a aspirar a lo mejor, a llevar la más “noble existencia”, como dijera Goethe. Mostró que la palabra “raza”, aplicada a humanos, debería ser desterrada del lenguaje civilizado.

En época de bárbaras discriminaciones la música le abrió la puerta ancha para habitar en un mundo superior: las universidades de Howard y de Yale le otorgaron el Doctorado Honoris Causa; su pieza litúrgica In the beginning of God fue interpretada en la catedral de San Francisco; recibió la Medalla Presidencial; lo nombraron miembro de la Academia de Música de Estocolmo; y su imagen aparece hoy en la moneda estadounidense. Piezas de profunda intensidad tales como Solitude, The mooche, caravan, Mood indigo, Sophisticated lady, Latinoamerican suite, Melancolía y Reflection in D lo hacen merecedor de esto y de mucho más.

Ellington siempre habría de recordar la grata experiencia de su inicial formación musical: en aquellos legendarios cafés abundaba la camaradería solidaria entre músicos académicos y empíricos, se admiraban mutuamente y se aportaban a la hora de tocar, componer o arreglar una melodía. Luego, en sus selectas orquestas, exigiría a sus músicos una impecable lectura de arduas partituras, pero les prohibiría leerlas en la ejecución, a fin de no perder intensidad en la interpretación.

Tomado de http://www.elespectador.com/

miércoles 11 de enero de 2012

Alfonso Lobo Amaya - ¡ESTOY CUMPLIENDO AÑOS!


Para participarles a todos que hoy 14 de diciembre estoy cumpliendo años !...

He envejecido al eco de las oraciones de la virgen del madero, allá en el bosque de La Torcoroma, al compás de los cánticos devocionales a Jesús Cautivo, en el barrio El Carretero, al tañido de las promesas incumplidas en iglesia de Santa Rita, al olor de las fragancias del incienso de las procesiones de Semana Santa, y bajo la auspiciosa sombra del Cristo Rey y de la Santa Cruz en los cerros tutelares
.

Nací de una aventura de mi padre FRANCISCO FERNANDEZ DE CONTRERAS, quien vino desde España para bautizarme en las aguas cristalinas y refrescantes del río Algodonal, que zigzaguea alegre y cantarín, como una ondulante serpiente blanca, por el Valle de los Hacaritamas.

Mis coordenadas son: por el Norte: 180 grados de poseía, por el Sur: 90 grados en las artes bellas, por el Oriente: 90 arpegios musicales y por el Occidente: 360 grados de talento.

Fui hechizada por un poeta que dijo que yo era el alma del agua, otro para que cantara como cigarra y viviera esta vida provinciana, uno más que encantó mis calles con la geometría de la emboscada y el más “Caro”, que se siempre se ufanó de que yo fuera su patria.



Cuando Simón Bolívar se enfermó vino a mi regazo para que lo curara con los veinte grados de mi respiración cálida, con las agüitas aromatizadas de barbatuscas, con las tortas elaboradas con ciruelas Cocotas, con las apetitosas arepas rellenas con queso costeño, aguacate o huevos pericos, pero por sobretodo, con la cautivante sonrisa de una de mis hijas: Bernardina Ibáñez

Soy madre, abuela, bisabuela y tatarabuela. Y como cualquier viejecita, tengo hijos, nietos y bisnietos agradecidos que se ufanan de mí y que vienen a visitarme cada vez que cumplo años, pero también están los desagradecidos que con su mal comportamiento me hacen sufrir.

Bueno, pero lo importante es que sigo viva en el corazón de mis hijos que me recuerdan siempre con nostalgia y alegría, y a quienes yo también quiero con el amor del pájaro por el viento, de la abeja por la flor o del río por el mar

¡”Ah! Que un recuerdo me ahoga y me sofoca la entraña”…!

Cordialmente: OCAÑA

jueves 1 de diciembre de 2011

Gustavo Lobo Amaya - Felices Christmas


En la infancia de mi generación el niño Dios nos traía los regalos de alguna forma misteriosa, pero nunca ese tipo obeso que entra por las estrechas chimeneas de las casa. En el trópico estas son exóticas e inútiles. San Nicolás, alias papa Noel o Santa Claus, no se había apoderado de nuestra navidad, el estaba justamente confinado en los adornos. El niño Dios dejaba los regalos a los pies de uno en la cama pues no existía la reciente costumbre de irlos a buscar debajo del árbol de navidad. Los abríamos llenos de expectativa y preguntándonos ingenuamente como habrían llegado allí, éramos medio bobos pero felices. Los juguetes más sofisticados eran de baterías y la dictadura de la estereotipada Barbie no había comenzado, afortunadamente.

Arreglábamos las casas con sobriedad, para celebrar un acontecimiento importante y sencillo: el nacimiento de un niño en un humilde pesebre. Por esta razón el pesebre era el centro de la navidad y cada familia le imprimía su propia estética y se hacia con musgo –un atroz crimen ecológico– y muchas casitas, animales, puentes, lagos (hechos de espejos, plantas, adornos, etc. Cuando llegó el lujo y la lobería de la navidad de Miami el pesebre perdió importancia y se fue achicando hasta casi desaparecer, mientras el árbol crecía más y más.

Nuestro árbol de navidad era un arbusto impunemente cortado y deshojado, o sino un tronco que se forraba a veces en algodón para simular la nieve que nunca hemos tenido. Se decoraba con adornos de diferentes estilos y formas en una alegre profusión de colores. Era sencillo y “corroncho”, según las modas actuales, pero ese era su encanto, tenía nuestro toque. Más tarde surgiría la desagradable competencia por el tamaño y la quincalla de loa arboles sintéticos que fueron convertidos en atiborradas misceláneas. Las prehistóricas luces desechables pasaron de moda y llegaron otras con curioso nombres: correcaminos y mangueras. La novedad fueron entonces las luces blancas, se impuso una navidad totalmente blanca en una aburrida asepsia de colores. También llegaron las nuevas luces de fibra óptica que traían incorporados irritantes y estridentes villancicos, una verdadera tortura. Luego la navidad perdió sus tradicionales colores y se impuso uno distinto cada año: dorado, violeta, azul, naranja verde manzana, plateado,morado etc. La comida tradicional compuesta, según cada región, de buñuelos, conserva, tamal, masato y otros platos muy nuestros, fue remplazada en muchos hogares por el pavo o un bufete con vinos de marca.

Entonces, la navidad invadió toda la casa: manteles, vajillas, cojines tendidos, y todos los objetos y lugares de esta lucían motivos navideños, hasta en el baño se coló, otra pesadilla más. El frente de la casa no escapó a la invasión y se llenó de también de adornos y luces, con varios propósitos: alegrar, celebrar, ostentar y lo más triste, competir y aplastar al vecino. El inició de la época aparentemente inalterable sufrió un precoz adelanto, los astutos comerciantes empezaron a exhibir las vitrinas navideñas después del “jalogüin” hasta mitad de enero, desconociendo así parte de su magia: su carácter fugaz. Así la navidad se redujo a una fría escenografía que se monta y se desmonta. Un culto a la extravagancia y a la ostentación. Finalmente el ahora omnipresente Santa Claus desterró al niño Dios y nos impuso nuevas tradiciones y nuevas fantasías, que los medios de comunicación ayudan a difundir y perpetuar. Se volvió muy común, demasiado tal vez, ver a la gente con el gorro rojo de navidad en el asfixiante calor del trópico, y a los niños pedirle a Santa Claus que les traiga los regalos en su veloz trineo. En nuestros países tan pobres se deslizaría sobre mucha miseria. Sábato lo describe muy bien: “ Siempre he añorado los ritos de mi niñez con sus reyes magos, que ya no existen más, ahora hasta en los países tropicales los remplazaron por pobres diablos disfrazados de pieles polares, sus barbas blancas y largas como la nieve donde simulan que vienen”.

El espíritu de la navidad que tal vez sea un furtivo regreso a la niñez; compartir riquezas; evocar nostalgias; dar y recibir amor, extrañar los ausentes; llorar los muertos; o hacer una tregua en la dura realidad que nos inventamos en este país, degeneró en un desaforado consumismo, en una parafernalia estrambótica y cambiante que contradice la celebración misma y nos recuerda la frase se Seneca: “El lujo se sorprende a si mismo”.

Mi madre, Margarita Amaya de Lobo, sufrió un paro respiratorio a sus 86 años en noviembre del año anterior. Sobrevivió milagrosamente y salió ilesa. Pasamos la larga convalecencia de dos meses en un hotel lejos de casa. Sin embargo tuvimos la mejor navidad de nuestras vidas. Tenerla entre nosotros fue, y será de nuevo, el regalo más valioso que jamás hayamos recibido. Aunque lo olvidemos a veces y parezca muy obvio: son las personas lo más importante en esta época especial.


Este artículo fue publicado en la revista Olfateaando en Diciembre de 2004.

jueves 24 de noviembre de 2011

Carlos Martinez Rochel - En Recuerdo al paro Nororiental de Colombia

La llegada de los primero manifestantes



La Coordinadora Popularomotora del Paro Cívico acordó como hora cero para empezar el cese de actividades en Ocaña el 07 de junio; de igual forma se aprovecho para dar a conocer el pliego de peticiones que era de 31 puntos. El Paro incluyó regiones del Cesar, Boyacá, Bolívar, Antioquía, Santander, Norte de Santander y en ese entonces la intendencia de Arauca siendo el punto de encuentro de los éxodos campesinos: Barrancabermeja, Valledupar y Ocaña. Los promotores exigieron, ese día, la presencia del consejero presidencial Carlos Ossa Escobar, en Barrancabermeja, con el fin de discutir el pliego de peticiones.

El 06 de junio, cuando era inminente la toma de Ocaña y bajo el anuncio de tres días de Paro, el Gobierno Nacional en voz de su consejero, Carlos Ossa Escobar, el mismo que había servido de interlocutor en el Chocó, dijo por medio del diario El Tiempo que el Paro Nororiental era un Paro de tinte político, totalmente diferente a los que se habían realizado en Chocó y en Nariño, que esta movilización popular era organizada por las FARC, ELN, la UP y demás gremiales sindicales; en un primer momento el consejero Ossa había dicho que el “Gobierno es el abanderado de las inconformidades del pueblo” mostrando una cierta receptividad a los manifestantes del Paro Nororiental y en respuesta a la afirmación del presidente Barco que decía: “Los paros son una protesta contra el pasado y este Gobierno está comprometido con el futuro y con el cambio”. No se sabe aún que llevó a Ossa a cambiar su posición con respecto a la manifestación popular. El Gobierno manifestaba que la movilización y las exigencias populares tenían cierta similitud con el pliego de peticiones presentado

por el ELN, como la eliminación de concesiones petroleras. Los organizadores del Paro tuvieron como respuesta al Gobierno Nacional que el desarrollo de este iba a ser en completa calma, el Gobierno por su lado manifestó que respetaría los movimientos populares, siempre y cuando se desarrollen dentro los lineamientos establecidos.



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FREDDIE MERCURY-THE GREAT PRETENDER 1987

Tulio Elí Chinchilla - Tributo a Farrokh Bulsara (Freddie Mercury)


Que un africano, originario de una lejana isla de Tanzania y educado en la India, sea catalogado el "dios del rock", por una encuesta de The Sun, es el primer dato deslumbrante de la semblanza mítica de Freddie Mercury, fallecido un 24 de noviembre hace 20 años.


La humanidad debe a este artista el mayor tributo: la gratitud hacia un benefactor cuyas canciones perdurarán en la memoria del corazón y del intelecto por el goce espiritual, la armonía, la dulce melancolía y cierta iluminación que nos producen.

En grado superlativo Mercury encarnó esas dotes plurales propias de un genio musical: excelso compositor de temas popularmente digeribles pero complejos en melodía y armonía; privilegiada voz de contratenor con matices líricos (recuerda a los castrati), que lo exalta a mejor vocalista rock y pop-rock según todas las encuestas recientes; el más virtuoso pianista de género rock con fundamentación clásica; carisma desbordante a la hora de desplegar el más refinado y extravagante espectáculo en escenarios masivos adultos (180 mil personas en éxtasis en las noches del Wembley); ingenioso diseñador del logo, carátulas, vestimenta y publicidad de Queen (incluida la corona de piedras preciosas exhibida impúdicamente al final de los conciertos del grupo).

A los deportistas Mercury legó el inmarcesible himno ‘We Are the Champions’, cantado en cada versión de los Juegos Olímpicos. Para los niños de nuestras escuelas, cantar el estribillo ‘We Will Rock You’ al unísono con la magnética voz de Mercury es la forma más vívida de asimilar el inglés. A los adolescentes la interpretación electrizante de ‘Another One Bites the Dust’ siempre les atizará su incontenible impulso a danzar. Los amantes de la música culta y de la polifonía encontrarán en las minioperetas ‘Bohemian Rhapsody’ y ‘Somebody to Love’, dos versiones bufas de su refinado universo musical. Mercury reinará en Barcelona por componerle el más bello himno, grabado con Montserrat Caballé para los Olímpicos de 1992.

Con canciones como estas últimas, Mercury demostró que el éxito comercial puede ser compatible con un desafío a las reglas del mercado, a condición de que se ofrezca un producto de superior calidad. Pero hay quienes lamentan que este ídolo del rock mostrara sus pies de barro cuando aceptó cabalgar sobre la ola banal de la música disco de los años ochenta (por ejemplo, ‘A Kind of Magic’ o ‘Radio Ga-Ga’), “gran traición” al rock pesado y sinfónico, abdicación a su proclamado desprecio por los sintetizadores. Sin embargo, su memorable genialidad musical está a salvo de toda veleidad y no se alimenta del hecho de que Queen haya vendido ciento sesenta millones de copias de sus trabajos.

La estirpe mítica a la que pertenece Mercury tampoco necesita reforzarse con el estereotipo del héroe aquiliano de muerte prematura. Su magia arrolladora brota desde la primera nota de su inicial ‘Keep Yourself Alive’ (1973) y no se acaba ni siquiera en la última con la que se despide de todos: ‘The Show Must Go On’, de 1991 (un truco electrónico genera la sensación de que las dos notas finales de esta melodía jamás pararán de sonar).