martes 30 de agosto de 2011

Gustavo Lobo Amaya - La Locura Aristocrática


Esta extraña patología es considerada una de las enfermedades mentales de peor diagnostico, el paciente es irremediablemente desahuciado. En sus primeras manifestaciones el loco aristócrata presenta cambios físicos muy notorios: a medida que habla de los temas de su imaginario mundo el cabello le crece y se torna rizado (al estilo de las pelucas que usaba Luis XVI), luego le aparece un lunar junto a sus labios y la cara toma un acusado color blanquecino, una lividez casi cadavérica. La sonrisa queda permanente y sarcástica. Enseguida, mira a los demás por encima del hombro o con la cabeza hacia atrás (su mirada escrutadora mide a las personas de pies a cabeza). Por ultimo su ropa se transforma a la usanza de los antiguos nobles europeos. El trato del enfermo generalmente es displicente, altanero, desafiante, despectivo. Cuando habla demuestra una sorprendente memoria y un profundo conocimiento de los orígenes de “la chusma”, su enemigo natural y su máxima obsesión, que también llama “la plebe”, “el populacho”, “la vulgata”, “los camperos, y cuando es más especifico: “ese pobre infeliz que no tiene donde caerse muerto”. Él se ubica entre “la gente bien”, la “gente nuestra”, “la alta sociedad” (los más viejitos dicen “lajailai” o “lacrim”). La enfermedad produce un raro reflejo involuntario: si el loco oye hablar o le preguntan por un apellido busca en sus extensos archivos mentales y trae al momento el pueblo, la vereda, o el caserío de donde es oriundo. También conoce los apellidos de la zona urbana y los tiene archivados por calles o por barrios: “esos son del Tejarito junto al rio Chiquito, la mamá hacía arepas y el papá tenía un puesto de carne en el mercado, son unos mugres, quienes se creen”. Su trastornada cabeza es una especie de GPS viviente que funciona con una precisión casi matemática. El loco aristócrata no perdona jamás la pobreza ni comprende que la gente pueda surgir y se niega a admitir su éxito (solamente él tiene derecho a ser rico, a vivir bien, a ocupar buenos puestos, etc.). Si una persona fuera de su círculo llega a un alto cargo se enfada, solo le da el titulo de “campero” o “arrastrao” y niega de tajo sus capacidades con la venenosa pregunta: “¿Quiiiién sabe cómo llegó allá?”



En el esplendor de la nobleza local su mayor venganza era “echar bolas negras” (rechazar la petición de entrada) a los futuros socios de un club, un verdadero orgasmo social. Aunque allí había gente campesina o de origen campesino los nuevos socios podían ser rechazados por ¡ser camperos! En Diciembre cuando el loco leía la lista de invitados los iba tachando uno a uno mientras gritaba despectivamente ¡Pueblo! ¡Pueblo! ¡Pueblo! Un loco aristócrata enfurecido llegó al extremo de cachetear y tumbar al piso a una plebeya que se negó bailar con él en un club. Nadie se salva de la arrogancia del enfermo: yo tuve el privilegio de visitar la gran duquesa Anastasia, quien estuvo por fuera de la corte local por muchos años. Ella muy despectiva me dijo: “yo a esa gente de El Carretero no la conocía pues yo me crie en...” Me menciono un esplendido castillo donde ella vivió. Yo pensé: “esta vieja hijueputa hay que dejarla morir loca, tan autentica como es”.


Algunos comportamientos del enfermo muestran la metástasis de la enfermedad:


1- Renegar continuamente: “Para que salir a la calle si uno solo encuentra camperos” o “este asqueroso pueblo se volvió un cagadero, se lleno de camperos, antes estábamos todos los ocañeros”. Sin embargo, cuando el noble regresa arruinado justifica su estadía: “los niños son más libres”, “hay más tranquilidad”, “el tiempo alcanza”, “uno es respetado por todo el mundo”, etc.
2- Recordar el glorioso pasado de la ciudad o a los nobles exiliados. Muchos de origen campesino se fueron porque había demasiados “camperos”, culpables del deterioro de su hidalga villa.
3- Pretender que antes de salir de sus campos los inmigrantes o los desplazados por la violencia lean un manual de urbanidad o de etiqueta que él mismo desconoce.
4- Olvidar fácilmente los sitios tradicionales de su pueblo. Con la desfachatez y la presunción que lo caracteriza asegura no conocer La Costa, La Piñuela, El Espinazo o Santa Rita. Sin embargo, allá tiene parientes pobres, amigos, o un “pelo”.
5- Esperar el saludo. No quiere dar un paso en falso y ser rechazado. Un día saluda y otro no. También puede dejar de saludar (incluso a sus amigos) por años pero repentinamente se acerca a la gente como si nada hubiera pasado.
6- Echar de menos la pompa y circunstancia de la “Ocaña señorial” (ciudad de blasón e hidalguía, “villa de los Hacaritama”, “villa de los Caro, bla, bla, bla…) donde la gente bien con buen calzado paseaba por la plaza o por el camellón de la catedral mientras el populacho descalzo envidiaba el boato de sus señores ¡Eso si era vida! ¡Eso si era elegancia!”
7- Amenazar con quitarle la herencia a sus hijos si se casan con “camperos” o “camperas”.
8- Esconder un romance con un plebeyo (a) porque le da miedo mostrarlo ante la sociedad, no puede rebajarse pues los cuarteles suyos rebasan los de cualquier otra familia.
9- Humillar a la servidumbre y en los casos muy graves de la enfermedad hasta golpearla. También hacerse masajear morbosamente por algún miembro de esta.
10- Ser engañado por falsos pilotos de avión, dudosos multimillonarios, teguas inescrupulosas, picaros foráneos, estafadores pintorescos, etc. Por su afán de mostrarse desprendido de su dinero cae en las garras de cualquier delincuente.

En la última fase de la enfermedad el loco sufre otras calamidades: se recluye deprimido en su casa “por tanto campero”, su rechazo es hipócrita pues se relaciona o emparenta cuando este posee una generosa dote (él casi nunca la tiene), le gusta emparentar el número de vacas y de hectáreas de las respectivas fincas. Se vuelve muy celoso de su privacidad, detesta que le pregunten sobre su vida privada pero… le gusta saber la vida de los demás. Sufre de una alergia crónica a la cultura, le da picazón. Sin embargo, posa de diletante y afirma que su ciudad es cultísima. Le gusta poseer una gran biblioteca para heredarla, intocada, de generación en generación. Un aristócrata renegado me confesó que a ellos les enseñan a no pensar. El piano fue un imperativo social de una época entre los nobles y cumplió a cabalidad su función: adornar unas cuantas salas donde era exhibido como un trofeo, un símbolo de estatus y refinación. Cuando algún noble iba a tocarlo, casi siempre una baronesa, abría las puertas de su salón para que “la chusma” oyera los quejidos del sufrido instrumento, luego se encaramaba como un mico en la silla dispuesta a matar el piano, con saña lo aporreaba con valses, polcas, bambucos, guabinas y otras melodías ligeras pues no conocía los maestros de la música clásica. Muchos de estos maltratados pianos acabaron mudos y otros fueron vendidos o sacados de Ocaña, no pocos terminaron en las huertas de las casas sepultados por mierda de palomo o de gallina.



La última fase de la enfermedad, la senilidad aristocrática, es una triste manifestación del inminente final del enfermo, se presenta a cualquier edad y se puede diagnosticar sin exámenes sofisticados ni tecnología de punta. Simplemente hay que oír hablar al loco, quien ya padece una dudosa amnesia intermitente y oportunista: a veces recuerda mucho y a veces no recuerda nada, todo depende de sus necesidades y de las circunstancias. Otro síntoma es la obsesión por el origen de sus apellidos, los cuales ya no son de Ocaña, ni de cualquier otro pueblo vecino, ni siquiera son de Colombia, vienen del extranjero. Sin embargo, cuando manda a elaborar su árbol genealógico y encuentra un familiar campesino descubre horrorizado que su sangre azul está mezclada con la roja de quienes discrimina. Entonces, le toca guardar un agobiante secreto, una contradicción que lo mortifica y le obliga a vivir una farsa: ser descendiente de gente campesina o de otros pueblos, en algunos casos con plata. Aunque su extraña y estrecha filosofía le da ciertas licencias: el campesino rico es menos “campero” y el pobre es un “camperazo”. Su hipocresía enfermiza lo lleva a inventar nuevos orígenes, un reciente pasado familiar, y una nueva casa materna (olvida la humilde) donde siempre ha sido próspero y “raizal”. En su desespero esconde físicamente a sus padres o abuelos y rompe sus fotos. Un conocido aristócrata se refiere a la gente de los pueblos vecinos como “camperitos” o “pobres camperitos”, Cuando la anterior Ministra de Cultura estuvo aquí me dijo: “esa es una negrita asquerosa”. No obstante, este viejo cacreco tenía un tío negro y sus orígenes son campesinos, su avanzado estado de senilidad aristocrática no le permitió recordarlo. Por definición los locos aristócratas son racistas y xenófobos rurales, aunque muchos tienen ascendencia negra o campesina la olvidan, así de simple, por algo son locos. Curiosamente los enfermos de locura aristocrática de otros pueblos se ríen de sus paisanos: yo oí a una señora de Abrégo burlándose de los “camperos de Abrégo” y a otra de La Playa decir “a La Playa ya no se puede ir porque está llena de camperos”.



Graciela Quintero, una prima hermana de papá -con más de de 90 años- me contó una lamentable historia: a la casa de mis abuelos llegaba de Buenavista un humilde hombre en su burro. Como traía la ropa raída y el sombrero roto alguna mujer de la casa se lo cosía y le regalaba ropa usada, también le guardaba “un bocao” (a veces era comida sobrante). El hombre resultó ser un comerciante sagaz que hizo una buena fortuna y compró una casa cerca de mis tías en El Carretero, allí nacieron sus hijos. Poco a poco se hizo más rico y más prepotente. Luego compró una mejor casa en otro sitio y solicitó la entrada a un club de la ciudad, fue aceptado inmediatamente, a pesar de su origen. Cuando el hombre se vio en mejor posición social les prohibió a sus hijos hablarse con la familia que lo había ayudado porque “no estaba a su altura”. Sin embargo, el verdadero motivo de la prohibición era el miedo a que su humilde historia se supiera. Y es que el transito de emergente a loco aristócrata es difícil, el nuevo rico arguye no conocer a nadie de su antiguo barrio o familiar cercano de la infancia, mucho menos un pariente lejano pobre o campesino. En su reciente condición solo conoce a la “gente bien” y a los nuevos amigos. Cuando un plebeyo se emparenta con la aristocracia local se contagia de la locura de sus parientes recién estrenados y termina superándolos en afectación y soberbia. Con el tiempo olvida su humilde origen para siempre y ve “corroncha” a su antigua familia, hasta se avergüenza de ella.



El loco raizal es un enfermo crónico que no admite mezclas en su sangre (eso dice…) y asegura ser descendiente directo de la realeza española, su silvestre apellido viene de Jerez de la Frontera, la provincia Arévalo, los bosques de Carrasco, etc. Uno de ellos, ya de atar, me contó que sus antepasados eran los dueños de La Pinta. Yo le pregunté que donde quedaba esa finca y me respondió con sorna: “No, no es ninguna finca, era una de las carabelas de Colon”, mi familia era dueña de ella”. Me quedé sin palabras mientras la quijada me llegaba al piso, donde aún permanece. Luego le dije “Ve, tan raro que nadie desciende de las putas y los picaros que atestaban los barcos de Colon”. Hay una situación que saca de casillas a un loco “raizal”: que alguien con su mismo apellido se atreva a indagar por el parentesco. Yo le dije a una condesa “los Lobo tuyos y los míos son los mismos” (nuestros padres eran primos). Hizo como si no me oyera, impuso un breve pero diciente silencio y luego me miró con un desprecio brutal, parecía decir: “Como os atrevéis”. Juro que estuve a punto de tirarme a sus pies para pedirle perdón por mi vida. Si alguien le pregunta a un loco raizal por el parentesco cree el otro quiere hacerse grande a su lado y pertenecer a la nobleza. Pero no todas las veces la reacción es tan calmada: hay locos aristócratas que explotan porque les preguntan por parentescos: “esos son camperos, nosotros somos de Ocaña”, lo cual muchas veces es mentira. Otro grupo de aristócratas descendiente de inmigrantes reclama su parentesco con las milenarias casas reales de Francia, Alemania, Italia, Siria y El Líbano. Entre el mismo grupo hay discriminación y muchos miembros compiten por saber quien tiene más abolengos en los países de sus antepasados.


El loco aristócrata posee un comportamiento que es una simpática mezcla de ordinariez y glamur, pero un glamur provinciano. La ordinariez está bien vista entre los miembros del gotha local, sus gustos y aspiraciones han sufrido un violento degenero, ahora coinciden con los de la “chusma” que discrimina. Parte de la vieja y nueva aristocracia se desplaza en mototaxis, es muy chistoso ver encaramados en tan popular transporte a tantos cortesanos y cortesanas, quienes a veces aprietan concupiscentemente a los jóvenes conductores. La vulgaridad en el lenguaje es vista como sinónimo de franqueza y desparpajo, aunque es condenada cuando es utilizada por la “plebe”. Si el madrazo lo tira un noble produce extravagantes risas pero si lo hace un “caleta” se oye horrible. El enfermo no es coherente con su discurso pues se queja de la grosería de la “chusma” y el mismo no tiene modales, generalmente es maleducado o solo posee un barniz superficial de refinamiento. La nueva generación de aristócratas es menos ortodoxa: come en los “acuarios”; viste como sus enemigos naturales; emparenta con la “chusma”; y compra baratijas y quincalla en los almacenes populares. Entre risas el enfermo cuenta a sus amigos como fue a parar a semejante sitio, disfraza su gusto por lo barato con una aventura. Muchos aristócratas exiliados vienen de compras a Ocaña, sea para ahorrarse dinero o para quejarse de que solo hay basura. La mayoría no compra en las grandes tiendas de lujo de otras ciudades porque no tienen suficiente plata o por su maldita “lichiguez”, pues el loco aristócrata pide rebaja por todo -hasta regatea con los humildes vendedores callejeros- y cuando le cobran lo justo se escandaliza y suelta alguna perla: “¿Quien pidió pollo?” ¡A robar al Carmen! Sin embargo, se muestra exigente y grosero en los establecimientos comerciales donde llega a ser ilógico o ridículo en sus exigencias, deja entrever su falta de modales. Joder y quejarse por todo es una ingenua forma de mostrar su imaginaria clase.


Aunque el aristócrata local tuvo una crianza simple, con extravagancias y loberías incluidas, es experto en temas mundanos: tecnología de punta, marcas de carros, perfumes, porcelanas, razas de perros, cocina internacional de moda, telas, etc. Incluso se vanagloria de tener el don casi divino de organizar fiestas. También presume del obligado turismo de su “clase social”: viaje a Europa o a Miami y si está flojo de plata Cuba, Cartagena o San Andrés. Además comparte con los emergentes la desagradable costumbre de preguntar y dar los precios de todas las mercancías, viajes, cirugías, posesiones e intercalar en la conversación nombres de gente importante que conoce o conocen otros amigos suyos. También ama los eventos donde pueden reunirse con otros locos, como el esplendido baile imperial de Diciembre, el evento social más importante de los últimos años. Allí se reunieron viejas figuras de la realeza local, incluso se colaron algunos nuevos ricos y emergentes, aceptados por el peso de su dinero, el gran disolvente universal. Volvieron al emotivo reencuentro los exiliados de las cortes ocañeras de Colombia y del resto del mundo, algunos se veían casi decrépitos pero mantenían su gran dignidad, su orgullo estaba intacto. Muy emocionada una de las archiduquesas presentes me resumió el evento: “estábamos los que somos porque somos los que estábamos, no había gentuza, ni gente de barrios malos, puros ocañeros de cepa, raizales rancios, la gente nuestra”. Luego le dio una tosedera espantosa y se echó brisa con su elegante abanico egipcio salpicado de piedras preciosas. Esta cortesana me hizo recordar a otra, no loca sino enloquecida, que cuando visitó nuestro recién inaugurado bar, Canela & Ron, dijo con mucha afectación: “que bien que montaron un lugar así para la gente caché, para la gente bien como nosotros”. Fue esa sola vez y no volvió jamás.


El loco aristócrata es muy vulnerable a las criticas, cuando alguien lo critica solo atina a decirle “resentido social” (o sea yo…). No tiene otra defensa, ni ningún argumento de peso, ni siquiera tiene claro que es un “resentido social”. No obstante, la frase lleva un mensaje velado: un “resentido social” es todo aquel que lo critica y envidia su posición social. Este encantador personaje es parte del folclor local, a través de los años se ha convertido en una figura tan entrañable como “el aceitoso”, “Jupa Jupa”, “Pispisia”, o “Bartolo". Inclusive hay uno cuyas historias desdibujan los limites entre la realidad y la ficción, muchas personas recuerdan a aquel aristócrata refunfuñón sentado en un silla en el anden de su casa, él insultaba y golpeaba con un bastón a los osados o distraídos transeúntes que se atrevían a pasar por su pequeño feudo. Murió como mueren todos los locos aristócratas: convencido de que era grande pero nunca tuvo forma de demostrar su grandeza.