La gente siente una gran fascinación por los premios. Siempre los asocia con la calidad de los trabajos de los candidatos y de los laureados. La mayoría del público -aquel amasijo de personas maleables y moldeables- está convencido de que un artista es bueno porque recibe un premio y no por la calidad de su obra. Pero la ecuación premio igual calidad no se cumple todas las veces, o raramente se cumple. En cualquier clase de premio priman muchos intereses políticos y comerciales. Todos también, en distinta proporción, están viciados por subjetividades.
El premio más popular y degenerado de la música en estos momentos es el Grammy. En el siempre se escoge o premia a los cantantes por su popularidad, sus ventas en pocas palabras. Una situación que se repite otros premios de su mismo tipo. Esto explica porqué cantantes de medio pelo ganan a cada momento. El Grammy anglo y el latino son enormes basureros donde a veces se encuentra algo de valor, como sucede en los basureros donde hay joyas dinero etc. Pero no por eso dejan de ser los lugares que son. El Grammy ha tenido algunos aciertos en la escogencia de sus candidatos y premiados, aunque es por una coincidencia, no por una verdadera elección objetiva. Ni el premio Grammy anglo o latino (ni ningún otro premio) reflejan de manera alguna la calidad de la música hecha en los Estados Unidos o en el mundo. Es irritante que los gringos dictaminen a través de sus archicomerciales premios quien hace bien o mal la música. La credibilidad y la fuerza del Grammy se imponen por encima del nombre de los verdaderos cantantes y los grandes compositores, quienes son reconocidos cuando los acompaña el ridículo gramófono. Muchos periodistas ignorantes se refieren “al ganador del premio Grammy Ennio Morricone” (o del Óscar), como si el talento del prolífico compositor lo avalara semejante porquería.
El Grammy anglo es más autentico en su farsa que el latino. Allí llueven shakiras, laurenshills, beyonces, rickys, coldplays, etc… Uno no deja de preguntarse que premian, es tan enigmático, pues verdaderas teguas de la música se llevan montañas de premios. Enrique Iglesias, canta desganado, como un borracho -como su almibarado papá- y así gana miles de dólares y centenares de premios. Superando la más escalofriante película de terror, un hijo de Enriquito nos cantará en el futuro con la misma voz meliflua y destemplada, y también con la misma pereza. El Grammy tiene otros clones: Billboard, American Music Awards, MTV, etc. Muchos de estos han creado, como estrategia comercial, versiones europeas, asiáticas y latinas del evento donde un mismo cantante es premiado en varias partes del mundo. La parafernalia es siempre igual: la infaltable alfombra roja, los vestidos lujosos (o la pinta andrajosa del roquero que cree estar por fuera del establecimiento), las limusinas extravagantes, la ropa de alta costura, las joyas caras y prestadas, las sonrisas fabricadas en serie, los chistes flojos en la ceremonia, los furiosos aplausos por el artista revelación, el lagrimón por los artistas muertos, etc. Todo el desfile y la ceremonia son tan predecibles como la música que premian.
El Grammy latino es una caricatura del anglo, es parecido pero con menos ostentación, y menos calidad en la música y en los cantantes. Allí también llueven martas, julietas, paulinas, thalias, rickys, enriques, visbales, dadyyankes, etc. Algunos artistas hablan en la ceremonia “trrrabadous” o con la lengua como un trapo, el típico latino emergente que es más gringo que los mismos gringos. A ciertos colombianos se les dispara un ridículo patrioterismo cuando un artista nuestro -Carlos Vives, Juanes, o la omnipresente Shakira- recibe un Grammy que cualquier persona puede ganar. Homero Simpson ganó uno con los B Sharp y se lo regaló a un camarero, quien lo botó por una ventana. El grupo Los Aterciopelados despotricó abiertamente del premio y después fue mansamente a recogerlo. Quizás por las presiones de la casa disquera. Eso quiero creer. Los Grammy han sido muy criticados pero siguen gozando de una muy explicable aceptación.
El Óscar es un premio con las mismas taras del anterior. En su ceremonia de entrega se repite lo mismo que en cualquier otro premio: limusinas, alfombra roja, chistes flojos, lagrimón por los artistas muertos, etc. También tiene clones que imitan su insoportable glamour: Globo de Oro, César, David de Donatello, Goya, Bafta, Premio al Cine Europeo, etc. La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, tal es su pomposo nombre, es la encargada de repartir la dudosa estatuilla que no tiene ningún peso pero si una gran credibilidad en el público, el cual tasa la calidad de las películas y de los actores por la cantidad de “morracos” que haya recibido. La academia siente gran debilidad por los culebrones familiares, por el drama, la comedia y sobre todo por las películas épicas como las de Cecil B. DeMille, tal y como nos dice Piero: “con grandes escenarios y música grandiosa al estilo de los americanos”. Muchas películas mediocres y definitivamente malas como Chicago -cuyo único merito es recordar los grandes musicales de Stanley Donen- recibieron muchos premios por cumplir estas características. Ben-Hur, ¿Quo Vadis?, Espartaco, Cleopatra Dr. Zhivago, Titanic, La Guerra de las Galaxias, El Señor de los Anillos, y afines, son películas que han demostrado que estas mega producciones impresionan por igual al público y a la academia que las satura de nominaciones y premios.
A pesar de que la verdadera esencia de la academia es conservadora y ultraderechista, a veces posa de liberal cuando coquetea con la supuesta izquierda estadounidense (un contrasentido) personificada en el insufrible y predecible Michael Moore, tanto en su obra como en su estereotipado comportamiento, por eso lo premió en la categoría de mejor documental. Aunque ignoró sabiamente la colcha de retazos Fahrenheit 9/11, artísticamente muy regular pues ni siquiera sorprende, y con una postura política muy tibia. También candidatiza y premia a descarriados directores de vanguardia, a quienes domestica con su empalagosa estatuilla. El cine independiente deja de serlo cuando admite el Óscar, que solo promociona y vende más las películas, por eso se inventó sus propios premios. Los festivales de cine independiente como Sundance, Independent Spirit Award y otros ya están siendo tocados por la varita mágica de Hollywood que todo lo vuelve oro o mierda. Los grandes festivales europeos de Cannes, Berlín, Venecia, y otros traen producciones más elaboradas que las de Hollywood y no abordan sus mismos temas. Aunque se han contaminado mucho de su basura pues repiten también la misma parafernalia de los Òscar, incluso importan los mismos figurines y presentan cada vez más mediocres películas que no dan la talla de los eventos. La formula obsesiva del cine comercial estadounidense es plantear la historia alrededor de una pareja o un triangulo amoroso -infortunadamente la usan grandes directores y escritores- y grabar las mismas escenas de siempre, donde él o la protagonista en las situaciones más comprometidas, el hundimiento de un barco, en medio de un terremoto, cuando le cae una viga del techo en la cabeza o le llega el agua al cuello, le espeta a su amada o amado un montón de I Loves You. Los diálogos son poco originales y cada vez más cortos. En otras producciones los protagonistas son los efectos especiales. La formula ha funcionado por décadas y ha recibido premios. Claro que existe en Estados Unidos un cine muy serio que es más recursivo, más original. Afortunadamente no recibe muchos premios de la academia.
Existe un Óscar honorifico a la trayectoria de toda una vida, un premio macabro para reponer todas las injusticias cometidas contra algunos compositores, artistas, y directores, etc. Los premiados ya octogenarios suben sin dignidad con la lapida pegada al culo a recibir un premio de la misma academia que los ignoró durante toda sus vidas. La lista de ignorados es impresionante: Bergman, Fellini, Hitchcock, Kurosawa, Kubrick, Chaplin, etc. Sin embargo, a Mel Gibson y otros directores mediocres han sido premiados. En la larga historia del premio solo dos artistas se han negado a recibirlo: Marlon Brando por El Padrino y George Scott por Patton. La academia también es racista, por décadas ignoró a los actores negros (James Earl Jones, Paul Winfield, Samuel L. Jackson, Morgan Freeman, Will Smith, etc) y a las actrices negras (Dorothy Dandrige, Cicely Tyson, Diahann Caroll, Angela Basset.etc). El juego es nominarlos y no entregarles el premio. Un solo actor negro ganó un Oscar durante el siglo XX: Sidney Potier por Llilies of the Field en 1963. Y la primera actriz negra que lo recibió fue Hale Berry por Training Days en 2001. Para reparar el daño, la academia ha estado repartiendo en estos últimos años premios a la loca a varios actores negros (Denzel Washington, Forest Whitaker, Jamie Foxx, Jennifer Hudson). También han sido ignoradas las películas con temas sobre el racismo y la discriminación. La única película sobre el racismo que consiguió 8 nominaciones fue el culebrón El Color Purpura, hecha por Steven Spielberg, un blanco. Al final no recibió ningún premio. Quincy Jones, el productor de la misma, fue el primer negro candidato en la categoría a mejor película. Jhon Singleton ha sido el único director negro nominado a mejor director por Boyz ‘n’ Hood en 1991.
El Òscar rara vez premia el humor -prefiere la comedia sosa, muy gringa- y mucho menos los artistas cómicos. Charles Chaplin nunca recibió un Óscar a pesar de su descomunal talento y su indiscutible influencia en el cine y en todos los cómicos del mundo occidental. Después de un forzado y prolongado exilio por haber sido acusado de comunista, regresó en 1972 a recoger el injusto premio de consolación, un premio tardío. En los premios Óscar a la música se cometen las mismas equivocaciones. El genial compositor Ennio Morricone fue candidato en muchas ocasiones pero nunca lo recibió, a cambio le entregaron el denigrante premio a toda una vida en 2006. Sin embargo, la academia premió a dos aparecidos: Alan Menken, con las endulzadas canciones de siempre que les gustan a la academia, recibió varios premios. Y Gustavo Santaolla por la banda sonora de Brokeback Mountain. Son solo son dos ejemplos.
Todos los premios del espectáculo tienen en común muchos aspectos pero el más relevante es que orientan las futuras producciones. Cuando se premia un tipo de película, ya sea fantástica, drama, épica, histórica, o lo que sea, los estudios invierten con más seguridad en una nueva producción del mismo corte. Van seguros cuando saben con certeza que temas y géneros premia la academia. Entonces, los explotan hasta la saturación y los agotan. La situación se repite en los premios musicales cuando un género específico es premiado.
El premio Nobel por obvias razones no es un premio tan glamuroso como los anteriores pero tiene sus mismas taras. Lo redime la cuantiosa bolsa que lo acompaña, aproximadamente de un millón de euros. A los científicos les ayuda a continuar sus investigaciones. El ganador es escogido por varias instituciones que nombró arbitrariamente el señor Nobel en su testamento y por un comité que es vitalicio, esto explica las chocheras del premio que es entregado por su serenísima majestad el rey Don Jodo -su nombre se me escapa y no me interesa recordarlo- en el Stockholm Konserhthuset donde también se entrega el premio Polar Music, de allí su parentesco con la espectacularidad. El Nobel es un premio recalcitrante lleno de injusticias, arbitrariedades, preferencias y otras anomalías vergonzosas. Aunque su reputación se ha mantenido incólume a través de los años, a nadie le importa las bestialidades que ha cometido. El monárquico comité es deshonesto pues ha tenido la desfachatez de premiar cinco veces a sus propios escritores, entre estos a un tal Erik Axel Karlfelt quien lo rechazó en 1912. Sin embargo, se lo mandó a la tumba en 1931 de forma póstuma, cuando ya no podía rechazarlo de nuevo. En varias ocasiones el comité premió fielmente a su vecindario (Islandia, Finlandia, Noruega, Dinamarca) y cayó muy bajo cuando en 1953 eligió la insípida obra de Winston Churchill. Es muy recurrente que el Nobel ignore en su momento los grandes nombres de la literatura universal: Gorki, Tolstoi, Rubén Darío, Lawrence, D’annunzio, Joyce; Vargas Llosa, Amado, Borges, etc. Este ultimo por su descarado e incomprensible ultra derechismo, una excusa muy poco convincente pues muchos autores ultraconservadores recibieron el premio. Los latinoamericanos premiados han sido cinco en total (Mistral, Asturias, Neruda, García Márquez, Paz) y los españoles cuatro (Echegaray y Ezaguirre, Benavente, Jiménez, Aleixandre, Cela). Estados Unidos ha recibido el premio 10 veces, dos de ellos por escritores nacionalizados - Czeslaw de Lituania y Singer de Polonia- y uno para Hemingway quien no merecía el premio, como a muchos ganadores se le estaba premiando un libro no toda su obra. Si bien la academia ha tenido algunos aciertos (Faulkner, Hesse, Mann, Neruda, Mistral, Pamuk, etc), es algo que hasta un niño podría haber logrado.
El Nobel también ha ignorado la grandeza de la literatura rusa pues solo le ha entregado cuatro premios durante los últimos 107 años: Búnin, Shólojov, Pasternak -quien criticó el sistema en su obra y prefirió no viajar a recibir el premio por miedo a ser considerado un traidor y tener que exiliarse- y Solzhenitsin, enconado defensor de la libertad que denunció la censura oficial en su país. A China le ha ido peor, pues apenas recibió el primer premio en el año 200O (Xingjian Gao). Muchos escritores chinos talentosos como Hu Shi y Lu Xun fueron ignorados por los prejuicios políticos del comité que no quiere ser tildado de procomunista. El premio solo ha sido entregado una vez a un gay, a André Gide (el escritor japonés Yukio Mishima, también gay, fue candidato en 1968) y nunca a una lesbiana. De los 103 Nobel de Literatura que se han entregado tan solo once han sido para mujeres: Lägerlof, Delleda, Buck, Mistral, Sachs, Undset, Gordimer, Szymborska, Morrison, Jelinek, Lessing. Según todas las anteriores estadísticas, alguien podría concluir, erróneamente, que los rusos los chinos, los gays, las lesbianas, y las mujeres no saben escribir pero si los suecos y los estadounidenses. Tres escritores han renunciado al premio de literatura, dos de ellos ya mencionados y un tercero en 1964: Jean Paul Sartre, el “enfant terrible”, el niño mimado de los intelectuales franceses de su época, él consideraba que los premios era una de las formas que utilizaba la sociedad para recuperar a los intelectuales rebeldes. Razón tenía.
Pero aquí no termina la infame historia de los Nobel. No deja de ser paradójico que Estados Unidos se haya ganado 18 veces el premio de la paz. En 1973 se premió al criminal Henry Kissinger, fue como haberle dado el Nobel de la Paz a Rudolf Hess. La Unión Soviética solo recibió un premio de paz, pero fue para el físico Sajárov, un eminente físico y escritor que era disidente. Gorbachov recibió su premio en 1990 por haber contribuido a desbaratar la Unión Soviética. De las 116 veces que se ha entregado el Nobel de La Paz solo 12 mujeres lo han recibido. El país que ha ganado más premios Nobel en cada categoría ha sido Estados Unidos.
Aunque el gran inventor Thomas Alva Edison jamás recibió un Nobel. El Nobel de Economía se lo han repartido entre Estados Unidos e Inglaterra, el primero con un 80% y el segundo un 15% del total de premiados. Hay una tendencia a premiar la Escuela de Chicago y a quienes hagan más miserable la vida de los seres humanos y más rapaz el capitalismo.
El único premio que merece mi respeto es el Ig Nobel, en honor al brillante científico Ignacious Nobel. Fue creado en 1991 y se entrega en Octubre de cada año. El premio quiere incentivar el interés por la ciencia y por ello resalta las investigaciones más descabelladas e inusitadas. El colombiano Juan Manuel Toro y el español Joseph Trobalón ganaron el año pasado el Ig Nobel de Lingüística por demostrar, tras exhaustivo estudio, que las ratas confunden el japonés y el holandés cuando es hablado de para atrás. El premio Ig Nobel de Paz lo ganó un laboratorio de la Fuerza Aérea De Estados Unidos en Dayton, por su brillante idea de crear una bomba gay que llenara de plumas al enemigo para bajarle la moral y crear la indisciplina.
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