viernes 23 de septiembre de 2011

Gustavo Lobo Amaya - Nihilis Admirari

En nuestro país conocemos cada día historias extraordinarias, llenas de magia o muy descabelladas. Muchas merecen ser recordadas pues sorprenden por su originalidad. Sin embargo, siempre algún listo las clasifica inmediatamente de macondianas. La mayoría de la gente cree que García Márquez nos inventó a todos y agotó la imaginación de un país entero. Las historias de los seres humanos no son patrimonio de ninguna región, país o cultura, menos de un autor, son parte de su mundo cotidiano. Pueden tener de macondiano la forma como se narran o como se miran. El mismo suceso en otro país -por ejemplo, Islandia- no seria catalogado de macondiano. Les contaré viejas historias, muy interesantes:


En 1963 ocurrió la primera invasión de tierras en Ocaña, en los sitios conocidos como La Conejera, Sebastopol y El Tíber, al oriente de la ciudad. Los dueños de los predios, las autoridades militares y el obispo Rafael Sarmiento Peralta presionaron a la alcaldesa María Susana Awad para que desalojara los invasores a la fuerza. Por la excesiva presión ella estuvo a punto de ceder. El Padre Luis Barbosa, quien se encontraba en la reunión, supo del posible desenlace y buscó al concejal Yebrail Hadad Salcedo para alertarlo sobre la situación. El concejal le sugirió a la alcaldesa comprar los lotes invadidos pues existía un rubro destinado para vivienda social de cincuenta mil pesos que ella desconocía. Al día siguiente el consejo se reunió de forma extraordinaria y aprobó inmediatamente la compra. Estas invasiones serian más tarde los barrios Juan XXIII y La Torcoroma. Sobre este episodio han circulado varias versiones pero la verdadera es esta que me contó Yebrail Hadad Salcedo, él me autorizó a publicarla. Las otras versiones buscan favorecer la imagen de algunos protagonistas de la historia.


El titular del periódico El Progreso del 30 de Septiembre de 1951 decía: “Asignado Censor Oficial para este semanario”. Una resolución de la alcaldía del día 28 del mismo mes informaba: “Atentamente me permito comunicarle que por resolución de la fecha, toda publicación particular o artículos en su prestigiosa revista El Progreso, deberán ser primeramente revisadas por el señor Narciso E. Almanya, nombrado censor para tal efecto”. El comunicado lo firma el capitán Guillermo Plazas Olarte -uno de tantos alcaldes militares que tuvo Ocaña- quien ejerció durante el gobierno de Laureano Gómez. Todos sabemos o intuimos que durante las dictaduras militares o civiles existe una censura directa o velada, Ocaña no escapó a ella. Pero la censura de Narciso fue benévola pues debía censurar a sus mismos compañeros periodistas, muchos de ellos amigos personales. Después Narciso E. Almanya pasó de censor oficial pasó a feroz denunciante en su columnas En Serio y en Broma y Entre Bastidores en varios periódicos locales. También fue redactor de noticias en los programas de Juan Romano Marúm y escribió artículos en los diarios La Frontera y La Opinión de Cúcuta, y en Vanguardia Liberal de Bucaramanga. Siempre sintió una gran nostalgia por la historia de sus antepasados libaneses y persistió en su contacto con la cultura árabe, por esa razón mantuvo correspondencia durante mucho tiempo con el presidente de Egipto Gamal Abdel Nasser, quien le envió una fotografía con un saludo firmado por el mismo.



El 24 de diciembre de 1958 el periódico NOTICIERO NACIONAL destacaba en primera pagina: “La alcaldía dictó importantes medidas sobre ferias y fiestas en guarda del orden”. Luego informa de un decreto emitido por el alcalde “…don Eduardo Prince Lobo quien en armoniosa colaboración con los distinguidos caballeros que integran la junta de Ferias y Fiestas velan y labran por el mayor esplendor y armonía de los próximos regocijos populares”. El lenguaje rimbombante ha sido una constante en nuestro periodismo. El artículo 9º rezaba así: “Igualmente se permitirá el uso de polvos, maicenas, confetis, y serpentinas durante los días cuatro, cinco y seis de enero de mil novecientos cincuenta y nueve, siempre y cuando se utilicen con las personas que estén divirtiéndose con estos artículos y se procure en forma medida y decente”. Rosa Paulina Álvarez N. asegura que los primeros carnavales de Ocaña se iniciaron exactamente el dos de Enero de 1945 a la tres de la tarde en la Columna de los Esclavos, donde se instaló un trono. Las fiestas empezaban el primero y terminaban el seis de Enero de cada año. Rosita fue una de las damas de honor en el reinado del carnaval, ganado por Dora Lobo Rochels. Las candidatas eran patrocinadas por los estudiantes o por los choferes de la plaza, estos últimos tenían siempre más dinero que los otros y hacían mejores campañas. El arquitecto Mario Arévalo López recuerda unos polvos hechos en Ocaña y usados en los carnavales: Rosa Nora, el nombre de la hija del fabricante de los mismos: Carlos Julio Romero. Una de las formas de jugar era “echar una pequeña cantidad de polvos en la palma de la mano y luego soplarla a la cara de la dama”. Había disfraces, mascaras y capuchones, el capuchón era un vestido como el de los nazarenos pero sin el gorro y en dos listas de colores. Luego fueron prohibidos porque mucha gente lo utilizaba para cualquier engaño, incluyendo la suplantación de otra persona en los bailes. En Ocaña había ferias y fiestas, años después degeneraron en ferias y bestias. El agua empezó a usarse en los carnavales en los años sesenta, fue idea de un costeño cuyo nombre no mencionaré.




Un titular del periódico IV Centenario del 7 de Junio de 1970 dejó sorprendido a muchos, inclusive a mi cuando lo encontré: “Distinguido estudiante dona su esqueleto al colegio Caro. Si, exactamente lo que leyeron. Un osado estudiante de 17 años regaló su esqueleto al departamento de ciencias biológicas del plantel, así está escrito. El periódico “formulando votos porque el gallardo muchacho carista llegue al siglo de existencia” publica la carta enviada a Alfredo Lamus Rodríguez -rector del Colegio Caro - donde consigna su curiosa donación:



Yo Pedro Alejandro Marúm Meyer, nacido en la ciudad de Ocaña el día 26 de Agosto de 1953, hijo del señor Elías Marúm Saab y de la señora Hilda Meyer Quintero entregó en calidad de donación mi esqueleto al colegio nacional José Eusebio Caro, más precisamente al departamento de anatomía.
Esto lo hago reconociendo que el mejor uso que puede tener la osamenta que nutrimos, formamos y poseemos durante la vida es de servir “desinteresadamente” a las personas que comiencen a formarse intelectual y enciclopédicamente en el periodo de bachillerato. También porque veo que la necesidad impone las circunstancias.
Pienso que mi esqueleto me es estrictamente útil, pero durante la vida. Al morirnos pasa a ser un bien superfluo y no tenemos derecho a malgastar lo que otros hace falta, esto seria atentar al bien común (Santo Tomás lo explica y sanciona cuando nos habla de las tres clases de bienes materiales). Nada más justo y razonable que brindar al adelanto de los demás una ayuda por poca que sea. Hay que reprochar a quienes pueden tanto y se atreven a tan poco.
Si conveniente parece no estaría por demás el agregar nota biográfica a mi “hormigón de hueso”.
No se le llame a esto mi ultima voluntad, pues está lejos de serlo, me falta realizar otras cosas mejores, habrá algo más importante a la hora en que la carne tenga que morir, ya sea por cansancio o por impuesta necesidad de transformación.
Mientras viva, a raíz de este documento seré aunque parezca incierto “un usufructuario del que fuera mi propio y privado esqueleto”
El hombre puede poseer y administrar los bienes como a bien tenga, pero su uso debe ser siempre el que favorezca el bien común.
Ocaña, Mayo 19 de 1970
(Fdo.) Pedro Marúm Meyer.

Cuando repasé el texto me imaginé a Pedro -interpretado por Vincent Price, Bela Lugosi o Boris Karloff- en una de aquellas películas de los años cincuenta donde un científico incomprendido lee un arrugado testamento que está escrito con alguna rimbombancia, una escena no exenta de mucha trascendencia. Tal vez Pedro se desembarazó prematuramente de su esqueleto por un arrebato de la edad o porque escaseaban los esqueletos en esa época. Sea lo que fuere, no sabía que los esqueletos usados en los colegios del futuro serian de materiales sintéticos y que el suyo no sería bien recibido. Entonces, Pedro estará condenado a deambular de aquí para allá. Como abogado él conoce las implicaciones de su apresurada donación. Yo personalmente vigilaré su cumplimiento pues no deja de preocuparme el incierto futuro de ese esqueleto errante.




La ultima historia, contada por el arquitecto Mario Arévalo López, es tan sorprendente como desconocida: un día cualquiera del año 1970 el arquitecto se encontró a un maestro de obra (obvio el nombre porque es irrelevante mencionarlo) dándole picazos a la Columna de los Esclavos y le preguntó ¿Qué va a hacer maestro? La respuesta no podía ser más impresionante: “Voy a demoler la columna porque van a construir un monumento moderno”. Inmuebles Nacionales -una dependencia del Ministerio de Obras Publicas de la época- había ordenado su demolición para construir una pirámide trunca, el contratista que iba a efectuar la abominable destrucción era el arquitecto cucuteño Rafael Rincón Calixto, quien estaba a cargo de las obras del IV centenario de la ciudad.




Mario asombrado le dijo al maestro: “espere, no haga nada, que voy a avisarle a unos amigos”. Y enseguida llevó la noticia a un grupo de amigos, entre quienes se encontraban Camila Alsina, Armando Solano Barriga, Luis Alberto Yaruro Páez, Mary Sánchez y mi tío Daniel Enrique Amaya (quien evitó la pavimentación de la Calle del Embudo y luchó toda su vida por la conservación de la arquitectura de Ocaña). Todos se abrazaron a la columna mientras llegaba el alcalde Alfonso Carrascal Yaruro, los miembros de la Academia de Historia, algunos integrantes del MRL y montones de ciudadanos indignados que querían detener la abominable destrucción, y lo lograron. Los ciudadanos enfurecidos querían linchar al arquitecto pues iba a demoler el monumento mas representativo de la ciudad, para muchos era sagrado. Un ocañero era un alto funcionario de Inmuebles Nacionales cuando se decidió la demolición de la columna. Sobre este episodio han circulado muchas versiones, inclusive el presidente de la Academia de Historia de la época, Carlos Hernández Yaruro y la misma institución se atribuyen el protagonismo del suceso en una nota aclaratoria en la revista Hacaritama del año 1970, donde también se puede comprobar que el hecho realmente existió: “…no se adelantaron los trabajos de demolición del único monumento histórico que conmemora, desde 1851, la libertad de los esclavos y que de acuerdo con planos aprobados se iba a destruir para hacer un monumento distinto”. Mario Arévalo López corrobora los hechos pero refuta el protagonismo de la academia y su presidente. Idida Sánchez, hija del historiador Luis A. Sánchez Rizo asegura que el protagonista de esta historia fue su padre. La controversia contínua.