domingo 4 de septiembre de 2011

Tulio Elí Chinchilla- Mahler, también para no iniciados

Gustav Mahler (1860- 1911)



A cien años de la muerte de Gustav Mahler, este compositor —catalogado como el último gran creador de música sinfónica— recibiría el mejor homenaje si su obra fuera disfrutada también por quienes carecemos del privilegio de una buena formación musical.

Dado que la música culta contemporánea se aleja cada vez más de la sensibilidad auditiva del ciudadano medio, ¿qué razones musicales, y no musicales, lo hacen atractivo a públicos más amplios (más que a minorías selectas)? De seguro su música debe esconder alguna magia, para ser uno de los compositores preferidos de cantautores populares como Facundo Cabral.

Quien ensaye escuchar la Cuarta Sinfonía de Mahler —cuya parte final incorpora la voz de una solista— quedará atrapado por una música muy alegre y juguetona que exulta regocijo. La Segunda Sinfonía (Resurrección) del mismo autor tiene, en contraste, el poder de conmover lo más profundo del espíritu, transporta a una dimensión mística y trascendente. La Canción de la Tierra nos arroba con su potente exaltación orquestal y vocal, versión sonora de un viejo texto chino traducido al alemán.

No obstante la complejidad tonal y la pesada extensión de la mayoría de sus obras, Mahler seduce por la maestría con que yuxtapone sutiles melodías a estribillos simplones de sabor popular. Parece como si a pesar de su refinada estética creadora, permanecieran vivas en la conciencia del compositor aquellas lejanas piezas interpretadas por bandas militares y orquestas callejeras en su pequeña ciudad natal de Bohemia. Con esa misma impredecibilidad nos lleva, sin solución de continuidad, de un pasaje luminoso a otro sombrío.

Mahler es un decidido innovador —apenas se empieza a escuchar, ahí mismo se siente—, pero no tanto como para des-construir las estructuras armónicas y las líneas melódicas de la tradición musical europea. La gran ruptura sobrevendría después de su muerte: el dodecafonismo, el serialismo y otras vanguardias, músicas para ser escuchadas “con la inteligencia pura y no con el tímpano y el corazón”, diría el maestro Gustavo Yepes en alguna tertulia.

Mahler es memorable por su capacidad de resistir el hostil clima antisemita de la Viena de principios del Siglo XX (era inaceptable que un judío dirigiera la orquesta y la ópera de la meca musical europea). También se le recordará por la exigente disciplina que se autoimponía al dedicar sus vacaciones de verano —única tregua en la frenética actividad de director— para componer sus propias obras. Y por su emotividad romántica: llorar cuando, acompañándose al piano, cantaba junto a Alma, su esposa, el lieder compuesto por él sobre un poema de Friderich Rickert: “Si me amas por la belleza, no me ames,/ ama al sol con sus dorados cabellos./ Si me amas por la juventud, no me ames,/ ama la primavera que es joven cada año. /Si me amas por los tesoros, no me ames,/ ama la ostra con sus muchas perlas brillantes./ Si me amas por amor, entonces ámame siempre, como siempre te amaré”.

Tal vez algunos componentes de su música traduzcan la inquietud (que siempre lo acompañó) por los problemas filosóficos y metafísicos planteados por Schopenhauer y Nietzsche.

Tomado de http://www.elespectador.com/