
En la terraza de la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero de Cúcuta, adherida en su segundo piso a las paredes de la vieja capilla de Nuestra Señora del Carmen, cuya torre del campanario vigila, centinela, en las calurosas noches del terrestre puerto, a la cuadratura del Parque Colón; allí entre un grupo de adeptos, miembros de una camarilla licenciosa, escuché decir a Renson Said, acucioso periodista cucuteño, cuyo prestigio de enfant terrible, hace temblar (como las brisas estremecen los árboles del parque) a los merecedores de su cáustica como demoledora crítica, escrita con certeras calificaciones y publicada en el prestigioso diario de la ciudad.En aquella memorable noche de bohemia, cuando presentaba el libro del joven y laureado poeta Saúl Gómez Mantilla, prologado por el mismo Renson, le escuché decir con cierto ademán peripatético, que “la poesía no era la anécdota”. Se había atrevido, en tono sibilino, renglones anteriores a revalidar el acto creativo, muy a su pesar, como el resultado del proceso doloroso, causado por la terrible realidad de muerte que la guerra fratricida tejió sobre los rostros de los amigos del poeta, asesinados en oscuros parajes por las manos criminales de las fuerzas oscuras.
No se podría pensar entonces que la rabia atormentada pudiera gestar bellos poemas…..pero así fue. Ocurrió entre los versos, el silencioso aullido de la desesperanza y la denuncia en catálogo de los muertos, aquellos que después suelen visitarle pasada la media noche, dado el aquelarre de lecturas noctámbulas hechas para esculpir después las frases más dolientes y repetir un diálogo de entresueño con los amigos idos. A Renson Said aquella fascinación de Saúl, un poeta urbano de marcado apego a lo esencial, inherente al significado exacto de la palabra, sin las pirotecnias vanguardistas tan de moda, le parecería demasiado clara en su énfasis narrativo, hasta apresurarle a señalar que “la poesía no era la anécdota” y ciertamente la poesía no es la anécdota, pero se le escapó al talentoso personaje el hecho contrario: la anécdota sí puede ser poesía, como cualquier cosa es susceptible de volverse poesía, por la sencilla razón de que es mera fórmula, método de percepción de la realidad que puede como contenedor exaltar cualquier contenido y en ello radica la clave del tema; la inacabada polémica entre forma y contenido, esa que en los tiempos ya lejanos del arte comprometido terminaba el uno destruyendo a la otra, como ocurre hoy con las artes plásticas…. pero tal asunto es harina de otro costal.
Sirva de ejemplo la palabra COLOMBIA (no puedo dejar de mencionarlo) escrita con la C de Coca-Cola, pintada por Antonio Caro para una salón nacional cualquiera (cuando su sede única era Bogotá y se hacía arte verdadero). En la inauguración de otro salón de arte el maestro Caro terminó propinándole una sonora y malintencionada cachetada al crítico Germán Rubiano, a la manera de un performance, uno más de otros, que violentan al espectador, imponiendo el concepto por sobre la forma hasta triturarla.
Ocurre pues con la poesía una condición necesaria en la armonía de la forma y su vacuidad para permitir la idea y hacerse toda mera poesía, con su sonido y significado imperativos. La forma es la condición que permite al contenido hacerse poesía y en tal sentido la anécdota sí puede ser un poema total.
No se podría pensar entonces que la rabia atormentada pudiera gestar bellos poemas…..pero así fue. Ocurrió entre los versos, el silencioso aullido de la desesperanza y la denuncia en catálogo de los muertos, aquellos que después suelen visitarle pasada la media noche, dado el aquelarre de lecturas noctámbulas hechas para esculpir después las frases más dolientes y repetir un diálogo de entresueño con los amigos idos. A Renson Said aquella fascinación de Saúl, un poeta urbano de marcado apego a lo esencial, inherente al significado exacto de la palabra, sin las pirotecnias vanguardistas tan de moda, le parecería demasiado clara en su énfasis narrativo, hasta apresurarle a señalar que “la poesía no era la anécdota” y ciertamente la poesía no es la anécdota, pero se le escapó al talentoso personaje el hecho contrario: la anécdota sí puede ser poesía, como cualquier cosa es susceptible de volverse poesía, por la sencilla razón de que es mera fórmula, método de percepción de la realidad que puede como contenedor exaltar cualquier contenido y en ello radica la clave del tema; la inacabada polémica entre forma y contenido, esa que en los tiempos ya lejanos del arte comprometido terminaba el uno destruyendo a la otra, como ocurre hoy con las artes plásticas…. pero tal asunto es harina de otro costal.
Sirva de ejemplo la palabra COLOMBIA (no puedo dejar de mencionarlo) escrita con la C de Coca-Cola, pintada por Antonio Caro para una salón nacional cualquiera (cuando su sede única era Bogotá y se hacía arte verdadero). En la inauguración de otro salón de arte el maestro Caro terminó propinándole una sonora y malintencionada cachetada al crítico Germán Rubiano, a la manera de un performance, uno más de otros, que violentan al espectador, imponiendo el concepto por sobre la forma hasta triturarla.
Ocurre pues con la poesía una condición necesaria en la armonía de la forma y su vacuidad para permitir la idea y hacerse toda mera poesía, con su sonido y significado imperativos. La forma es la condición que permite al contenido hacerse poesía y en tal sentido la anécdota sí puede ser un poema total.
