viernes 4 de noviembre de 2011

Gustavo Lobo Amaya - No Fume… por favor


Mi mamá -Margarita Amaya de Lobo- de 87 años ha sobrevivido a ocho operaciones, algunas de alto riesgo; al terremoto de Popayán donde estaba de paso cuando sucedió; y a la muerte de muchos de sus seres queridos y amigos. Es una mujer franca y abierta, incluso irreverente, y "solo le teme al de arriba". En ninguna enfermedad o circunstancia ha contemplado la idea de morirse. Sin embargo un hábito suyo, más bien una adicción, estuvo a punto de vencerla.

Ella como todos los de su generación, y otras, creció ignorando los peligros del tabaquismo. Una travesura infantil entre sus hermanos se convirtió en un vicio por casi cinco décadas. Paradójicamente quienes le hicieron conocer el cigarrillo abandonaron la idea de fumar. Fumó religiosamente un paquete diario, ración que no disminuyó ni siquiera en sus 10 embarazos. En las noches de aquella Ocaña tan apacible se reunía con sus dos grandes amigos, el pintor Luis Navarro y Eduardo Prince Lobo, a oír novelas y a hablar de la vida, el mejor placer posible. Ellos también eran fumadores empedernidos y ambos murieron primero que ella por el tabaquismo.

Hace más de veinte años un persistente ataque de tos le obligó a dejar el cigarrillo y con la fuerza de voluntad que le caracterizaba y sin dilatarlo un minuto dejó el cigarrillo para siempre. Hace tres años fue diagnosticada con un EPOC- Enfermedad Pulmonar Obstructiva- y desde ese momento requirió varias horas de oxígeno al día. Cuando el intimidante tanque llegó a la casa supimos que nuestras vidas, más la de ella, habían cambiado para siempre. Muy tarde, por fortuna, el cuerpo le estaba cobrando los excesos con el cigarrillo. El clima y la altura de Ocaña no le favorecían y empezó a repetir crisis tras crisis. Las entradas a la clínica fueron cada vez mas frecuentes, a veces cada mes. En las frías madrugadas sentíamos su dificultad para respirar, sus dedos se tornaban oscuros, un síntoma peligroso. Unas veces mejoraba con el oxigeno -tenia "sed de aire" como lo definió su médico- y otras debía ser hospitalizada. En los últimos diez años ha sufrido seis neumonías e igual número de bronquitis y varias infecciones respiratorias. Su capacidad de recuperación y su fortaleza son tan asombrosas que sobrevivió a un paro cardiorrespiratorio a los 85 años. En la puerta de una clínica se desplomó muerta y fue reanimada manualmente con elementos disponibles, drogas y fuerza, por un grupo de enfermeras y el medico Henry Royero, su medico de cabecera. A las dos de la mañana acompañados de una lluvia torrencial, un médico, una enfermera y un primitivo ambú emprendimos un viaje de siete horas para ingresarla en una Unidad de Cuidados Intensivos. Fue un milagro que sobreviviera el paro y el viaje mismo. Por recomendación médica debió quedarse a vivir en Cúcuta. Empezó una nueva vida en una ciudad extraña, exiliada de su añorada tierra, lejos de todos sus afectos, uno de ellos muy importante, el de su hermana mayor, su única hermana.

Un día antes de nuestro inesperado viaje María Luisa, la tía "Icha", había venido a casa, vestía rigurosamente de negro por la reciente muerte de un hermano, el inolvidable tío Daniel. En nosotros quedó grabada una premonitoria escena: las dos hermanas sentadas en dos antiguas sillas separadas por un baúl y un espejo, recordaban los años idos, la casa materna y en especial a su entrañable padre Euquerio Amaya (Adolfo Milanés). La tía contó algunas anécdotas que reafirmaban el carácter irreverente del poeta, recitó de memoria sus poemas y como siempre lloró de emoción. Fue la última vez que se vieron pues la tía Icha murió unos meses más tarde. Sus médicos de cabecera y una sicóloga aconsejaron no darle la noticia a mamá, no resistiría. Lejos de su entorno familiar y social no podría hacer el duelo. Un año después ignora que ya murió, ella es la última de su casa materna. Todavía es una mujer muy lúcida y lleva una vida, dentro de sus limitaciones, relativamente normal. Pertenece a ese club de "afortunados" que no desarrollaron enfermedades mucho más agresivas. En ocasiones se entristece y eventualmente llora cuando recorre las calles de su pueblo natal o le asaltan los recuerdos de toda una vida allá. Extraña el clima, a sus otros hijos, a su familia, y a los grandes amigos y amigas con quienes se reunía todas las tardes. A pesar de las circunstancias, o tal vez por ellas, aún tiene fuerzas para desafiar el futuro. Porque no solo vive de recuerdos, también de esperanzas y una de ellas es volver a Ocaña. Además de sus inquebrantables ganas de vivir, su calidad de vida se la debe al joven y eminente neumólogo Oscar Fernando Parada Rojas quien aparte de realizar la rehabilitación pulmonar ha sido un soporte emocional para ella y para quienes acuden a su centro. El doctor Parada cree en el vínculo existente entre el estado emocional de un paciente -ante todo como asume su enfermedad- y su recuperación. También cree que la relación con el medico es determinante para este propósito. Son ideas conocidas desde los griegos, retomadas de otras culturas y ahora respaldadas por diversos estudios y autores tan respetados como Daniel Goleman, Mihaly Czlnkzenmlhalyi, Howard Gardner, Martín P. Sellgman y Deeprak Chopra, entre otros.

Mamá está atada varias horas al concentrador de oxigeno, "su marido", ahora reflexiona y lamenta no haber sabido a tiempo los riesgos del tabaquismo. Nunca imaginó que ese primer cigarrillo en la huerta de su casa la traería tan lejos de su mundo. Nos pide que no la enterremos aquí sino en Ocaña, si muere antes de regresar.






PS. Después de una crisis definitiva y de estar 19 días en una unidad de cuidados intensivos mamá murió en un sueño, como siempre quiso. Y cumplimos la promesa de traerla de nuevo a su tierra. Ahora yace en el monumento a su padre Euquerio Amaya (Adolfo Milanés,) al lado de su esposo Lubín Lobo y de su hermano Efraín Amaya.








Este artículo fue publicado en la revista Olfateando en el año 2005