jueves 1 de diciembre de 2011

Gustavo Lobo Amaya - Felices Christmas


En la infancia de mi generación el niño Dios nos traía los regalos de alguna forma misteriosa, pero nunca ese tipo obeso que entra por las estrechas chimeneas de las casa. En el trópico estas son exóticas e inútiles. San Nicolás, alias papa Noel o Santa Claus, no se había apoderado de nuestra navidad, el estaba justamente confinado en los adornos. El niño Dios dejaba los regalos a los pies de uno en la cama pues no existía la reciente costumbre de irlos a buscar debajo del árbol de navidad. Los abríamos llenos de expectativa y preguntándonos ingenuamente como habrían llegado allí, éramos medio bobos pero felices. Los juguetes más sofisticados eran de baterías y la dictadura de la estereotipada Barbie no había comenzado, afortunadamente.

Arreglábamos las casas con sobriedad, para celebrar un acontecimiento importante y sencillo: el nacimiento de un niño en un humilde pesebre. Por esta razón el pesebre era el centro de la navidad y cada familia le imprimía su propia estética y se hacia con musgo –un atroz crimen ecológico– y muchas casitas, animales, puentes, lagos (hechos de espejos, plantas, adornos, etc. Cuando llegó el lujo y la lobería de la navidad de Miami el pesebre perdió importancia y se fue achicando hasta casi desaparecer, mientras el árbol crecía más y más.

Nuestro árbol de navidad era un arbusto impunemente cortado y deshojado, o sino un tronco que se forraba a veces en algodón para simular la nieve que nunca hemos tenido. Se decoraba con adornos de diferentes estilos y formas en una alegre profusión de colores. Era sencillo y “corroncho”, según las modas actuales, pero ese era su encanto, tenía nuestro toque. Más tarde surgiría la desagradable competencia por el tamaño y la quincalla de loa arboles sintéticos que fueron convertidos en atiborradas misceláneas. Las prehistóricas luces desechables pasaron de moda y llegaron otras con curioso nombres: correcaminos y mangueras. La novedad fueron entonces las luces blancas, se impuso una navidad totalmente blanca en una aburrida asepsia de colores. También llegaron las nuevas luces de fibra óptica que traían incorporados irritantes y estridentes villancicos, una verdadera tortura. Luego la navidad perdió sus tradicionales colores y se impuso uno distinto cada año: dorado, violeta, azul, naranja verde manzana, plateado,morado etc. La comida tradicional compuesta, según cada región, de buñuelos, conserva, tamal, masato y otros platos muy nuestros, fue remplazada en muchos hogares por el pavo o un bufete con vinos de marca.

Entonces, la navidad invadió toda la casa: manteles, vajillas, cojines tendidos, y todos los objetos y lugares de esta lucían motivos navideños, hasta en el baño se coló, otra pesadilla más. El frente de la casa no escapó a la invasión y se llenó de también de adornos y luces, con varios propósitos: alegrar, celebrar, ostentar y lo más triste, competir y aplastar al vecino. El inició de la época aparentemente inalterable sufrió un precoz adelanto, los astutos comerciantes empezaron a exhibir las vitrinas navideñas después del “jalogüin” hasta mitad de enero, desconociendo así parte de su magia: su carácter fugaz. Así la navidad se redujo a una fría escenografía que se monta y se desmonta. Un culto a la extravagancia y a la ostentación. Finalmente el ahora omnipresente Santa Claus desterró al niño Dios y nos impuso nuevas tradiciones y nuevas fantasías, que los medios de comunicación ayudan a difundir y perpetuar. Se volvió muy común, demasiado tal vez, ver a la gente con el gorro rojo de navidad en el asfixiante calor del trópico, y a los niños pedirle a Santa Claus que les traiga los regalos en su veloz trineo. En nuestros países tan pobres se deslizaría sobre mucha miseria. Sábato lo describe muy bien: “ Siempre he añorado los ritos de mi niñez con sus reyes magos, que ya no existen más, ahora hasta en los países tropicales los remplazaron por pobres diablos disfrazados de pieles polares, sus barbas blancas y largas como la nieve donde simulan que vienen”.

El espíritu de la navidad que tal vez sea un furtivo regreso a la niñez; compartir riquezas; evocar nostalgias; dar y recibir amor, extrañar los ausentes; llorar los muertos; o hacer una tregua en la dura realidad que nos inventamos en este país, degeneró en un desaforado consumismo, en una parafernalia estrambótica y cambiante que contradice la celebración misma y nos recuerda la frase se Seneca: “El lujo se sorprende a si mismo”.

Mi madre, Margarita Amaya de Lobo, sufrió un paro respiratorio a sus 86 años en noviembre del año anterior. Sobrevivió milagrosamente y salió ilesa. Pasamos la larga convalecencia de dos meses en un hotel lejos de casa. Sin embargo tuvimos la mejor navidad de nuestras vidas. Tenerla entre nosotros fue, y será de nuevo, el regalo más valioso que jamás hayamos recibido. Aunque lo olvidemos a veces y parezca muy obvio: son las personas lo más importante en esta época especial.


Este artículo fue publicado en la revista Olfateaando en Diciembre de 2004.