ICNIV AD OGIDOC LE - Gustavo Lobo Amaya

Debido a su enfermiza megalomanía Estados Unidos además de sus arbitrarias políticas exteriores, impone soterrada y abiertamente al mundo su cultura, sea autores, cineastas, cantantes, pintores, actores y otros, o sus productos comerciales como papas fritas, cadenas de hamburguesas, carros, etc. El etnocentrismo agresivo que exhiben los estadounidenses los convierte en peligrosos depredadores culturales. Un ejemplo claro está en el jazz, el rock, el pop, el rap y otros géneros aparecidos allá que se han convertido en los disolventes universales de la música. Si el resto de los mortales quiere triunfar entre su público y hasta internacionalmente debe mezclar los ritmos autóctonos del país de origen con los de Estados Unidos. A ciertos sectores radicales y dominantes de la población no les interesa la música étnica: la encuentran casi subversiva. Difícilmente pueden digerirla, pese a que sus raíces musicales provienen de diversos lugares del planeta, como Europa, África o Latinoamérica. Si bien su cultura es la suma de muchas otras, sienten un verdadero desprecio por aquello que no es "americano" en esencia…

En este orden de ideas, una gran parte de la población ha elevado a Dan Brown a la categoría de encumbrado autor, historiador y filósofo por su especulación en El Código da Vinci, nada nueva, de que Jesús de Nazaret estuvo unido a María Magdalena. Brown toma prestado de la obra titulada The Holy Blood and The Holy Grail, de Henry Lincoln, Michael Baigent y Richard Leigh, la teoría de que el santo Grial (sang real = sangre real) representaba el vientre de María Magdalena que habría albergado Sara, la hija de ambos. Los tres autores desvirtúan que el santo Grial fuera el recipiente del que Jesús y sus discípulos bebieron en la última cena y en el cual José de Arimatea recogió la sangre del Mesías moribundo. De igual modo, especulan que la discípula de Jesús fue uno de los doce apóstoles. Es otra conjetura prestada y no muy novedosa pues Hipólito de Roma había vislumbrado la posibilidad en los albores del cristianismo.

La especulación sobre el Santo Grial y la conexión carnal entre Jesús y María Magdalena no asombra: ha sido repetida por varios autores y se basa principalmente en conjeturas, con dificultad resiste un análisis serio. Mas las fallas no le restan atractivo. No obstante, de cuando en cuando alguien retoma la idea y escandaliza de nuevo a los creyentes que en vez de atacar la hipótesis se vuelcan en insultos e imprecaciones sobre quien la revive. Como consecuencia la Iglesia Católica vuelve y condena, en un ciclo eterno, lo que considera una blasfemia. Finalmente, se apacigua toda la indignación y el asunto es olvidado.

Quizás, todo este enfrentamiento nazca de la interpretación -¿o, por qué no, de la traducción?- de un texto apócrifo fechado aproximadamente en el siglo III: el Evangelio de San Felipe. En uno de sus párrafos se lee: “Tres caminaban todo el tiempo con el Señor: María, Su madre, Su hermana y María Magdalena, quien fue llamada Su compañera. Así había tres Marías: Su madre, Su hermana y Su compañera”. Más adelante, en otro párrafo, insiste en el cercano nexo de ellos: Una mujer que no ha dado a luz a sus hijos puede convertirse en la madre de los ángeles. Tal era María Magdalena, la compañera del Hijo. El Señor la amaba más que a todos los otros discípulos y la besaba a menudo en su boca. El resto de los discípulos, viéndole amando a María, Le dijeron: ‘¿Por qué la amas más que a todos nosotros?’. Contestándoles, Él dijo: « ¿Por qué no les amo a ustedes como a ella?”. De estos dos versículos surge la deducción sobre la relación de ambos personajes y, sobre todo, de la traducción de la palabra beso del arameo, a la que algunos autores le dan un significado espiritual, de transmisión del conocimiento, una forma de sellar un pacto o muestra de afecto o devoción; mientras que otros le dan una connotación sexual, la cual ha tenido mayor impacto y ha sobrevivido por siglos. 

Ya el escritor Nikos Kazantzakis en La última tentación de Cristo, de 1955, trata el tema del posible romance de Jesús y María Magdalena, incluso los presenta casados. No desconoce la divinidad de la figura, pero enfatiza su hipotético aspecto humano y por lo tanto las consecuentes contradicciones que conlleva. Treinta y tres años después de la publicación, Martin Scorsese filma la película del mismo nombre, basándose en el libro. Es interpretada por Willem Dafoe y Barbara Hershey. Las críticas y la reacción de la Iglesia Católica fueron las mismas de siempre. 

De acuerdo con las anteriores especulaciones y elucubraciones afines, Brown desarrolla El Código da Vinci, que ha tenido un éxito inexplicable y provocado un alboroto innecesario. Representantes de la Iglesia Católica y grupos de ultraconservadores, condenaron, a la usanza antigua, enseguida el best seller y calificaron su contenido de herejía. Es una costumbre inveterada de la institución de escandalizarse por asuntos sin importancia, menos por los pecados que arrastra y oculta desde hace centurias; por fortuna la prensa en los últimos años ha expuesto sus abusos en titulares. Las condenas, ya esperadas, animaron el interés del público. Otras hipótesis famosas de este corte, consignadas en escritos igualmente famosos, obtuvieron en su momento una resonancia parecida y también fueron olvidadas.

Infortunadamente, la mayoría de las hipótesis que mueven los cimientos de cualquier religión parecen estar condenadas a una popularidad fugaz, pues controvierte dogmas establecidos. El aplaudido autor ofrece a los amantes de los libros más vendidos un producto de digestión rápida que pretende evocar la novela El Nombre de la Rosa, publicada en 1980, de Umberto Eco. Se me antoja que Brown es su versión "ultralight" -si semejante engendro existe. Sin embargo, El Código Da Vinci no sorprende y el efecto que logra es resaltar las diferencias abisales con el escritor y filósofo italiano. Los intentos por elaborar metáforas impactantes o maromas gramaticales inusuales caen en los lugares comunes, tan comunes que sería una pérdida de tiempo enumerarlos. En el transcurso del argumento, no entran personajes bien definidos o fuertes. Por tal motivo, es inevitable echar de menos figuras del estilo del frío y calculador Adso de Melk o el enigmático Jorge de Burgos, que nos recuerda a un Jorge Luis Borges ciego y al cuidado permanente de la gran Biblioteca de Babel. 

Por si fuera poco, la acción se centra en la insinuación de un romance entre los protagonistas: el profesor de Simbología Robert Langdon y la criptógrafa de la policía francesa Sophie Neveu. Era predecible el manido recurso que por lo general se condimenta con montones de I Love Yous en los momentos menos propicios de desarrollo del filme. Una tara narrativa de la literatura, el cine y la televisión cala entre mucha gente y es usada, inclusive, por renombrados escritores o directores consagrados de cine. La acción del libro denota un marcado tufo hollywoodense. Fue redactado de antemano pensando, probablemente, en un guion cinematográfico, con los elementos clave que en demasiadas ocasiones desembocan sin falta en un éxito seguro en taquilla: asesinatos, secuestros, persecuciones, traiciones de estereotipados mayordomos y de sus amos también, sin dejar atrás infinidad de situaciones recurrentes, condimentadas con algunas conspiraciones místicas. La trama se desenvuelve casi toda en Europa. No es gratuita esta elección: Brown recurrió para darle más misterio a una ambientación de antiquísimos museos e imponentes catedrales, o grandes castillos, campiñas bucólicas y paisajes mediterráneos. Huir con el códice por una atestada autopista californiana sería poco romántico y no muy práctico. 

Considero El Código Da Vinci un híbrido monstruoso, una suerte de amalgama entre Agatha Christie, las películas de James Bond y una pizca de Umberto Eco. Se escribió con la intención de vender millones de ejemplares y posteriormente realizar el aburrido filme del mismo título que afortunadamente abuchearon en el Festival de Cannes y que es estelarizada por Andrey Tautou y el sobreexpuesto Tom Hanks. Luego de la publicación del libro, otros autores han abordado el tema de la relación entre María Magdalena y Jesús de Nazaret desde ángulos muy diversos. Debo reconocer que el libro capta la atención del lector, es una virtud innegable, ya que es fácil de leer y resulta, sin duda, entretenido. Aunque Condorito reúne tales cualidades y no es un clásico de la literatura universal.