Recuerdos ajenos de Euquerio Amaya- Gustavo Lobo Amaya



En el periódico La Pulga un chico de diecisiete años publica, en julio de 1899, el texto titulado “Recuerdos”, en el que expresa su persistente tristeza: “La tarde expiraba. El rey de los astros cumpliendo las inexorables leyes de la naturaleza, ocultaba su halagüeño rostro entre las nubes rojizas del ocaso. Las frágiles palmeras y los coposos naranjos se mecían suavemente al hálito postrero de la noche; mientras tanto yo era preso de una intensa melancolía que en vano procuraba disipar leía los mejores capítulos de mis obras predilectas; revisaba mis versos que los hallaba siempre fríos como dictados por mi alma, y á veces me quedaba pensativo tratando de hilar las ideas que me afligían. Ya entrada la noche se acrecentaron mis pesares y sentí desespero, mas ese ángel destructor no se abrigó en mi pecho demasiado joven, y no hice más sino lanzarme en mi lecho sollozando. El llanto desahogó mi pecho y me quedé dormido. Pocos minutos después desperté al calor de un beso que se había apagado en mi frente. Era mi madre que notando mi ausencia había venido á buscarme; me incorporé y un largo suspiro se deslizó por mis pulmones, que parecían llevar envuelto el veneno que me torturaba, salté del lecho y poco después hacía parte de la reunión de mis amigos”.

El joven colaborador había nacido un 19 de febrero de 1882 en Ocaña. Dos años atrás, en el mismo día, se casaron ante el padre Ramón Anaya y sus progenitores María de la Mercedes Rojas Madariaga y Manuel María Pompilio Amaya Morinelli que es hijo del padre José Julián Morinelli y Socorro Amaya, quienes también tendrían a Alejo María en 1868 en Convención departamento del Norte de Santander, y al parecer una hija. La tía María del Carmen Rojas y el tío Pedro Nolasco Daniel Rojas, tipógrafo y encuadernador, actúan de padrinos de bautizo el 20 de abril.

Apenas el primer resplandor de luz golpea las retinas vírgenes del recién nacido; es rodeado por un ejército de parientes vivos y numerosas tías maternas camanduleras; algunas están muertas y sus huesos reposan en “el cuarto de los restos”. Este es un lugar tenebroso al final del corredor, frente al patio donde crecen guayabos enanos, ciruelos y otros árboles frutales. La escena ocurre en el emplazamiento de la actual escuela Adolfo Milanés, donde quedaba la casa materna de los Rojas Madariaga.

 El niño es bautizado José Eliseo Euquerio de los Dolores Amaya Rojas. El cuarto nombre presagiaría una característica de su futuro mundo interior. Vino a ocupar un lugar incómodo en una pequeña población, aletargada por lo menos dos siglos; por ende sufre un inocultable atraso y mucha pobreza. La excepción es la gente rica, que habita casonas en los barrios del centro o en el “Llano de los Chávez” y contrata una servidumbre numerosa, una práctica frecuente entre inmigrantes de otros países o sus descendientes. Se jacta Ocaña, con algo de razón, de su relevancia comercial en el Estado de Santander y de un cacareado carácter cultural, que en realidad es inexistente; solamente surgen esporádicos espasmos culturales protagonizados por una cerrada elite educada. 

La calidad de vida de la mayoría de los habitantes es austera; el furtivo progreso va llegando con lentitud desesperante. Los únicos inventos modernos disponibles son la imprenta, la fotografía y el telégrafo, instalado en 1874; que consiste en un frágil cable eléctrico que une a Ocaña con algunas ciudades de Colombia. Si se daña o sufre saboteos, los moradores están condenados a vivir en un apartamiento total.

La luz eléctrica no ha sido instalada; pasarían décadas antes de conocerse. Las noches son claras u oscuras de acuerdo al dictado caprichoso de la naturaleza: unas son tan negras que los lugareños les llaman “bocas de lobo” y en otras la oscuridad habitual es quebrada por la luz periódica y azulada de la luna que infunde energía a los residentes que salen animados a caminar por las calles o a reunirse en la plaza o en un parque. Las noches más espectaculares suceden cuando el firmamento se plaga de un sinfín de estrellas de brillos y tamaños desiguales sobre el fondo renegrido del universo. Entonces, se aprecia a simple vista la imponente mancha de la Vía Láctea que le recuerda a cada quien su presuntuosa pequeñez.

La mayoria de las calles de la ciudad carecen de empedrado, excepto las del centro, donde residen familias acaudaladas, prósperos comerciantes y los gobernantes. En épocas de lluvias se vuelven apestosos lodazales. No hay servicio de alcantarillado ni de acueducto, el agua potable no es conocida, por eso las epidemias de enfermedades gastrointestinales, virales e infecciosas son recurrentes desde tiempos inmemoriales. En unos casos, se tornan tan mortales que convierten a Ocaña en una terrorífica necrópolis gigante. Las de mayor virulencia son la de fiebre amarilla o viruela. En estas, médicos valerosos exponen sus vidas y salvan a sus semejantes con los medios precarios que disponen, ya que no se ha levantado un hospital. Hasta 1891 se inauguraría el primero. Uno de los galenos más valientes es Margario Quintero Jácome, que ostenta una especialización en París. Según fuentes familiares tuvo de profesor al neurólogo Jean Marie Charcot, que le introdujo en los recónditos males de la mente. 

Al año siguiente, destaca el brillo de una fulgurante luz que arrastra una extensa cola en el cielo durante varios días. El fenómeno celeste fascina a los habitantes. Si bien la mayor parte se asusta debido a que según creencias ancestrales porta malos presagios o el anuncio del fin del mundo. El cometa es tan brillante que en su punto más cercano se ve a plena luz del día y en las noches despejadas sobresale por encima miríadas de estrellas que cubren la ciudad. El periódico momposino La Palestra, de octubre de 1882, registra su extendido paso: “Deleita aun nuestra vista el espléndido cometa, que esta visible para nosotros en el mes de setiembre último”. 

En esa década de los años ochenta funcionan varios colegios de varones. Con la fundación del Colegio de La Presentación, en 1889, la deficiente educación femenina en bachillerato se remedia en parte. Por fortuna, admite niños en su escuela de primaria. La dirección está a cargo de la monja francesa Sor Marie Dosithèe, de la comunidad de Las Hermanas Dominicas de la Presentación, con sede en Francia. En compañía de otras monjas colombianas asume el digno objetivo de instruir las señoritas de la ciudad, cuya formación no ha sido bien atendida.

Como remate de la saturación de la asfixiante atmósfera religiosa familiar, es matriculado en la esa escuelita anexa al nuevo colegio, ubicado donde hoy funciona la Escuela de Bellas Artes Jorge Pacheco Quintero. Con posterioridad, se desplazaría al que fuera el convento de los padres Franciscanos, junto al templo de su orden. 

De la mano de las entregadas monjas Euquerio descubre el asombroso alfabeto, a través del cual materializará pensamientos y emociones años después. Desde que conoce el misterio de las letras presenta una curiosidad insaciable y se convertiría en un buen lector en su adolescencia, es así que se hace autodidacta. Con los años, este hábito supliría la carencia de una educación completa. Las diversiones de que goza él y los demás niños son las propias de las pocas que ofrece la época.

En la escuelita es mimado por la hermana Luisa y la hermana Marie Dosithèe: una influye en su personalidad y la otra en su inclinación por la lectura y la literatura francesa. A la primera la evocaría en una crónica que dedica a su compañero de aula y amigo cercano Alejandro Prince Navarro: “Fui yo de los primeros alumnos de la hermana Luisa. Bajo las amplias galerías del Colegio de La Presentación empecé a mascullar las primeras silabas en la citolegia y a garrapatear la pizarra. Éramos un ejército de mariposas, éramos un batallón de pequeñines, a quienes la inconsciencia de la edad nos hacía intolerables menos para la dulce religiosa que sabía aunar la rigidez del maestro con la bondad de la madre”.

El escritor y periodista Emilio Ángel García Carvajalino, quien fuera alumno del establecimiento, igualmente se acordaría años después del desempeño de la monja francesa: “De aquí, que cuando sus faenas se lo permitían acercábase a la escuela preparatoria con el fin de que aprendiéramos la oración dominical o el padrenuestro en francés. Cuando esto acaecía la religión se hacía más espiritual, Tal vez el alma de Francia, venia hasta ella a encenderle sus recuerdos, hablarle de sus viñedos, de su hogar, del perfume de sus bosques”. A decir del autor la francesa “sabía que la lengua era la patria”. A los trece años Euquerio le compone versos ingenuos e infantiles.

 A la madre Dosithèe
 Le ha dado porque yo crea 
Que el jabón es savon
 Que a la sal diga sel 
Al caballo cheval
 Y al perro le diga chien 
A mi primo cousin 
Y a mí tatita mon père 
Y a mí mamita ma mère
 Al agua le diga eau 
Y a mí sombrero chapeau 

Mientras crece, vive atrapado dentro de esa atmósfera de puritanismo sofocante, cerrado, ultracatólico y plagado de una polarización política sanguinaria. En medio de la cual se moldea el introvertido niño que narraría alegres crónicas de la ciudad, compondría poesías melancólicas y escribiría profundos editoriales y artículos. Sus numerosas tías beatas son parientes cercanas del sacerdote José María Rojas, que fue educador en una escuelita propia antes de tomar los hábitos y después de ordenado dirigiría el colegio San Luis Gonzaga y otro de varones. Por la otra rama familiar, desciende del piadoso e impulsivo padre José Julián Morinelli, que dejó varios hijos y practicó una fe libidinosa. 

En la casa oye desde chiquito a las tías rezar rosarios infinitos y sus terribles imprecaciones por los pecados de la carne, también se entera de relatos acerca de un Jesús, un Nazareno que sacrificó su vida por los designios de un Dios cuyo proceder no entiende: lo envió a la tierra a salvar la humanidad y fue crucificado. El singular personaje calaría en su alma infantil. Amén de los infaltables temas religiosos o cuentos de espantos errantes, que moran en su hogar, escucha historias de interminables guerras sangrientas acaecidas tiempos atrás en la ciudad y que protagonizaron antepasados ya muertos. 

El escritor Ciro Alfonso Osorio Quintero rememora que por el portón viejo de la casa pasarían “…a lo largo de muchas generaciones, como una fantástica procesión de sombras, un negro desfile de ataúdes; todos negros ataúdes en que se fueron para siempre los abuelos”. Se refiere a los abuelos maternos Juan de Dios Rojas Quintero y Manuela Petrona Madariaga Daza. El mismo Osorio Quintero afirma sobre aquella casa. “Aquí fueron sus años primeros y aquí las horas luminosas y las horas taciturnas de su juventud atribulada y arrogante.”

En la claridad del día o sino alumbrado por el estrecho resplandor de un quinqué o el pábilo inquieto de una vela, el adolescente lee obras de autores universales o nacionales y comienza a borronear textos a escondidas; llevarían de manera velada o manifiesta un motivo esencial que se percibe con facilidad y describe como una “intensa melancolía”. A lo largo de los años, incluiría la cada vez más creciente decepción por la vida. 

 En aquel primer texto que publica revela una precoz tristeza en plena juventud. Un augurio de episodios de depresión y ansiedad que le asaltan muy joven y controla con los remedios prescritos por Margario Quintero o, cuando no, con agua de raíz de valeriana y toronjil, preparados por la madre preocupada o las amorosas tías. Euquerio entra a las diferentes etapas de su existencia con el espíritu trastocado, abatido, entristecido;crece sumido en divagaciones insondables para cualquier edad. Por ser en extremo sociable, pocos notan los cambios de ánimo que le acechan agazapados durante prolongadas temporadas y son percibidos por la gente de confianza; que no le fastidia con preguntas inoportunas.

 Tres meses después de la publicación del escrito de Euquerio Amaya, se inicia en Colombia la Guerra de los Mil Días. En Ocaña se prende la chispa en el barrio El Martinete en octubre de 1899. El quebradizo universo del joven aspirante a escritor se convulsionaría por tres años largos.